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lunes, 4 de abril de 2016

Marsilio de Padua: El Defensor de la Paz

El primer abordaje que se realizó para la cátedra versó sobre el libro de las Guerras del Peloponeso de Tucídides, específicamente el Discurso Funerario de Pericles y al Discurso de los Melios, de forma tal que se logró conocer una doble actuación de Atenas en el manejo de la insociable sociabilidad entre iguales (relaciones horizontales) y su manejo entre desiguales (relación de verticalidad). De igual forma se pudo observar dos puntos de vista con respecto a la misma Polis,  uno que retracta la grandeza de Atenas, como una ciudad y un estilo de vida por el cual vale la pena morir y el de los Melios, que la ven como un imperio que trata de conservar su poder y que los obliga a elegir entre su seguridad y su libertad.

Ahora, en este segundo ensayo se abordarán los argumentos de Marsilio de Padua en su libro el Defensor de la Paz. Dicha aproximación se realiza siempre bajo la óptica de la insociable sociabilidad explicada por Kant[1], en su antropología práctica y que de acuerdo con los lineamientos dictados por la cátedra, es el hilo conductor para analizar a los autores bajo estudio.

En principio, pareciera que se trata de dos puntos de vista irreconciliables, el primero es referido a las Guerras del Peloponeso, mientras que Marsilio de Padua  titula su obra el defensor de la paz,  sin embargo no significa que este autor escriba en un contexto histórico idílico, por el contrario, la época que le toca vivir está marcada por el conflicto entre el poder temporal y el espiritual. Por ello es una preocupación muy latente en el autor definir que le corresponde resolver a la iglesia y que al imperio.

En tal sentido, se puede observar también en Dante, otro de los autores estudiados en la materia, esta preocupación, quien se decanta por una separación total de la Iglesia y el Estado[2].  

Dentro de la obra de Marsilio de Padua se verifica una visión que pretende integrar los dos órdenes, el civil y el eclesiástico. Su intención no es suprimir una instancia ni independizarla, sino lograr que funcionen de forma armonizada[3].

El pensamiento de Marsilio de Padua, encuentra asidero teórico es en Aristóteles, por ello resulta un artificial crear una semejanza a ultranza con Tucídides. De hecho para Bobbio[4] no existe en el medievo etapas realmente importante para el desarrollo de las teorías de gobierno. Dicho autor explica que esto es consecuencia del descubrimiento tardío de los textos de la antigüedad, los cuales se convierten en una referencia obligada para los estudiosos de la época e incluso es categórica al afirmar que Marsilio de Padua en cuanto a la clasificación de las constituciones prácticamente se limita a traducir a Aristóteles.

Luís Martínez Gómez[5], en el estudio preliminar de la obra el Defensor de la Paz, también expresa que Marsilio se apoya en Aristóteles, haciendo la explicación que dicha alusión al filósofo antiguo era obligada en ese tiempo.

Con respecto a los planteamientos específicos de Marsilio de Padua, es necesario mencionar su objetivo de explicar las causas que destruyen la paz y sentar las bases para atacar tal situación. Otro punto  a destacar que es el que libro se tituló de tal manera porque está dedicado al emperador, al que le corresponde la misión de defender la paz. Esto es importante porque la paz viene a ser una tarea del poder temporal y no de la iglesia.

Este tratado se llamará El defensor de la paz, porque en él se tratan y se explican las principales causas por las que existe y se conserva la paz civil o tranquilidad (civilis pax sive tranquillitas), y también las causas por la cuales surge, se impide y se suprime su contrario, la contienda”[6].

Desarrollando un poco el contexto histórico sobre el cual versa la obra de Marsilio de Padua, explica Bayona Aznar[7] que los papas decían intervenir para establecer la paz entre los contendientes y los emperadores, por el contrario, eran una especie de paladines de la paz, en contra de las decisiones del mismo papa. Para la época en que escribe Marsilio, el papa Juan XXII  no reconoce a Luis de Baviera como emperador, quien a su vez califica al papa como enemigo de la paz, por lo cual convoca al concilio general.

Marsilio de Padua comienza su obra enumerando las ventajas de la tranquilidad y lamenta que está no esté presente en el reino itálico. Explica que los frutos de la tranquilidad constituyen lo mejor para el hombre, es decir lo necesario para su vida y que nadie los puede conseguir sin paz ni tranquilidad.

Cabe destacar también que Marsilio de Padua recurre a la concepción aristotélica de las civitas como organismo o animal, por eso la salud "es la disposición buena del animal, en la cual cada uno de sus miembros puede ejercitar perfectamente las acciones de su naturaleza[8]. Dicha analogía se mantiene en consecuencia para definir la tranquilidad de la ciudad o reino, en la cual cada una de sus partes puede realizar perfectamente las operaciones convenientes a su naturaleza según la razón y su constitución.

Además de lo anterior se puede observar que la tranquilidad depende también de que las partes dentro de la sociedad ejerzan las funciones que les son propias y no pretendan ejercer otras que no les corresponden. Esta explicación ya delimita el papel del poder temporal y del espiritual, pues basta con definir sus atribuciones y que se limiten a las mismas, para que pueda existir tranquilidad y a su vez se gocen de sus frutos.

De este modo la paz es el resultado de la “buena ordenación” como la salud del organismo es producto del buen funcionamiento de sus órganos y miembros, así como la enfermedad, es el mal funcionamiento y  puede llevar a la muerte en el caso del animal y a la destrucción de la comunidad en el caso de la ciudad o reino.

La paz de la que habla Marsilio de Padua no es tanto la ausencia de ataques externos, sino el orden social interno. Porque tranquillitas e intranquillitas no son la paz y la guerra en el sentido de unos pueblos contra otros. El conflicto tranquillitas/intranquillitas que Marsilio de Padua considera y pretende resolver remite al orden o desorden, según haya o falte la buena disposición interna, es decir, la institución racional de sus partes y el establecimiento de las instituciones políticas y del gobierno desde dentro. El desorden es interior y la guerra, exterior. Estas líneas no permiten trazar un paralelismo con el contenido del discurso funerario de Pericles, el cual se refiere a una sociedad en tranquilidad, por cuanto cada quien actúa dentro de su ámbito de competencia y parece haber un balance entre lo público y lo privado, con un mayor peso de lo primero sobre lo segundo. El tema de la guerra es abordado en el discurso de los Melios, pero no es a este tipo de conflicto que se refiere el autor, sino a los internos.

Así las cosas, usando la terminología kantiana la tranquilidad parece ser un estado en el cual se ha logrado controlar la tensión que resulta de la insociable sociabilidad del hombre, por medio de la asignación de un rol a cada parte de la sociedad, la cual tiene que actuar dentro del mismo, sin usurpar funciones.  Precisamente esa usurpación por parte de la iglesia es la trae las consecuencia de la intranquilidad que le toca vivir a Italia.

Ahora bien, siendo que la tranquilidad definida en los términos de Marsilio de Padua, haciendo un ejercicio de abstracción, puede evidenciarse en la vida que tenían los atenienses de acuerdo al discurso funerario de Pericles.

Entre Tucídides y Marsilio pareciera haber dos visiones divergentes con respecto a la apreciación de la política. Para explicar lo anterior,  se debe considerar lo expresado por García Pelayo en su libro la “Idea de la Política”, pues este autor explica que sobre la misma siempre han existido dos visiones, una que se centra en la paz y otra en la guerra, en tal sentido expone:

Una mirada a la realidad política circundante nos revela inmediatamente su carácter ambivalente. En efecto, tal mirada nos muestra, de un lado, que la política se despliega en la tensión, el conflicto y la lucha, sea entre conjuntos o constelacio­nes de Estados, sea entre estados particulares, sea, dentro de éstos, entre partidos, camarillas, intereses e ideologías; la política se nos muestra desde esta perspectiva como una pugna entre fuerzas o grupos de fuerzas, y, por tanto, dominada por el dinamismo. De otro lado, que tal lucha normalmente se justifica por su referencia a una idea o un sistema axiológicos, y que en medio de ella late el intento de encontrar un orden cierto de convivencia bajo cuya forma se desarrolle el fluir de los actos en los que transcurre la vida política[9].

Continuando con tal autor, el mismo clasifica a Tucídides, a los sofistas y a Polibio como partidarios de la doctrina de que la política gira en torno al poder, a la lucha y a la voluntad. Mientras que explica que Sócrates, Platón, Aristóteles y Cicerón sostienen la tesis contrario. Con respecto a la edad media, etapa estudiada en la cátedra, explica que San Agustín se pregunta “¿Qué son los reinos cuando de ellos está ausente la justicia, sino magna latrocinia?”, concibe el orden político como un régimen de paz y de justicia, entendiendo que no puede haber verdadera paz, es decir, concordia, si no está asentada sobre la justicia, que se convierte así en fundamento de los reinos. Agrega además que con Santo Tomás y con Dante la concepción de la política gira en torno a la paz y a la justicia.

Con respecto a Marsilio de Padua, García Pelayo considera que la visión de este gira en torno al poder (en consecuencia en este punto sería semejante a Tucídides), pues expresa lo siguiente:

En cambio, el aristotelismo de izquierda de Marsilio de Padua mantiene el primado de la voluntad con lo cual la política comienza a separarse de la ética, y el orden social pasa a ser concebido como una consecuencia del poder que impone las leyes, con independencia de que estas se adecuen o no a la justicia, de modo que la unidad del Estado (regnum) es ante todo un resultado de la unidad de poder.

No obstante lo anterior, en este punto se difiere de lo señalado por García Pelayo, pues si bien hay en Marsilio de Padua una referencia al poder, el mismo resulta un medio para la obtención de un fin mayor que es la tranquilidad y la paz. Por ello se es de la opinión que Tucídides y Marsilio de Padua, son autores que tienen dos visiones distintas de la política, el primero se centra en la guerra, mientras que Marsilio pone como norte de la actuación del emperador el mantenimiento de la paz, por ello se debe erigir como un defensor de la misma.



[1] KANT, I. (1785/1990). Antropología Práctica (según el manuscrito inédito de C.C. Mrongovius, fechado en 1785). Madrid. (T. R. Rodríguez). Editorial tecnos. Versión Digital.
[2] ALIGHIERI, D.  Monarquía. Estudio preliminar y notas de Laurenao Robles Carcedo y Luis Frayle Delgado (1992) Editorial tecnos. Versión Digital
[3] De Padua, M. El Defensor de la paz, traducción de Luis Martínez (1989), Editorial Tecnos. Versión Digital
[4] Bobbio, N. La teoría de las Formas de Gobierno en la Historia del Pensamiento Político. Traducción de Fernández Santillán. Segunda Edición. FCE, 2001
[5] De Padua, M. op. Cit.
[6] De Padua, M. op. Cit.
[7] Bayona Aznar, B. La Paz en la obra de Marsilio de Padua. Contraste Revista Internacional de Filosofía, [en línea] 2006, XI: [Fecha de consulta: 24 de marzo de 2016] Disponible en:<http://www.uma.es/contrastes/pdf/011/03Bayona_Aznar.pdf> ISSN 1136-4076
[8] De Padua, M. op. Cit.
[9]García Pelayo, M (1968). La Idea de la Política [en línea]  [Fecha de consulta: 24 de marzo de 2016] Disponible en:< http://tubibliotecadecienciapoliticaenpdf.blogspot.com/2014/10/manuel-garcia-pelayo-idea-de-la.html> 

jueves, 25 de febrero de 2016

Tucídides: El Discurso Funerario de Pericles y el Dialogo de Melos

La guerra del Peloponeso fue un conflicto armado en la antigua Grecia, que a los fines de los objetivos del curso de Filosofía de la Praxis II, se estudiará a través del relato que del mismo hace Tucídides. En tal sentido, se analizan dos puntos emblemáticos en el desenvolvimiento de dicho conflicto, como lo son el Discurso Funerario de Pericles y el Diálogo de Melos.

Ahora bien, en estas líneas se pretende reflexionar sobre la realidad histórica supra mencionada, bajo la óptica de la insociable sociabilidad explicada por Kant, en su antropología práctica y que de acuerdo con los lineamientos dictados por la cátedra, es el hilo conductor para entender a los distintos autores seleccionados.

El Discurso Funerario de Pericles.

En el 431 A.C., le corresponde a Pericles rendir honores a los caídos en el primer año de guerra. Su discurso muestra una democracia sólida en Atenas. Más allá de la adecuación de esa situación con la realidad, Pericles explica la concepción que tienen los atenienses de su polis, así como la imagen de sí mismos.

En primer lugar, si se sigue la caracterización del ser humano kantiana, en la cual se hace referencia a las características del hombre y su carácter moral, encontrándose en ellas las disposiciones naturales, el temperamento y el carácter natural o el modo de pensar en general[1], Pericles retracta el capricho del hombre a la hora de escuchar halagos sobre los demás: Los considerará muy poco, si tiene en estima a los homenajeados o por el contrario, al creerlo superior a sus fuerzas, la envidia no permite creer tales facultades.

Ahora bien, corresponde identificar en este discurso la tensión que se origina en toda sociedad, producto del deseo contradictorio del hombre de vivir con sus congéneres y a su vez de aislarse. En ese sentido, Pericles habla de una polis con un alto grado de civismo, igualdad y respeto por la Ley.

Con respecto a la interacción de lo público con lo privado, Pericles pareciera creer en un equilibrio, pues expresa:

“Nosotros, pues, en lo que toca a nuestra república gobernamos libremente; y asimismo en los tratos y negocios que tenemos diariamente con nuestros vecinos y comarcanos[2]

Adicionalmente agrega que para mitigar los trabajos, tienen juegos, certámenes, etc. Vale decir que hay recreaciones para el disfrute individual.

Otro punto de mucha importancia es la igualdad de oportunidades ante la Ley para dirigir los destinos públicos. Incluso, expresa que es una obligación de todo aquel que tiene una virtud procurar el bien y la honra de la ciudad.

Además, la democracia se erige como pilar fundamental de esta ciudad. En tal sentido, es una forma de gobierno ejemplar, en la cual el destino de la ciudad está en manos de muchos y se rige por las leyes.

En síntesis, Pericles hace una descripción idílica de Atenas, donde se obedece la Ley por el mero hecho de respetarla y no por miedo al juez. Por ese glorioso modo de vida y por esa ciudad, fue que murieron los homenajeados, lo cual debía ser motivo de honra para sus padres, hermanos, hijos y viudas.

Esta concepción pareciera indicar entonces, que si bien existía un espacio para lo público, para lo privado y que el ateniense podía alcanzar cualquier cargo que su habilidad natural, talento o estudio lo preparara para ello. Lo público adquiría un sentido preponderante, pues valía la pena morir por un estilo de vida y no habría mayor consuelo para los deudos, que el destino final de sus seres queridos haya sido por la grandeza de Atenas.

Concatenado con la idea anterior, es preciso apuntar:

Todos cuidan de igual modo de las cosas de la república que tocan al bien común, como de las suyas propias; y ocupados en sus negocios particulares, procuran estar enterados de los del común. Sólo nosotros juzgamos al que no se cuida de la república, no solamente por ciudadano ocioso y negligente, sino también por hombre inútil y sin provecho[3].

Lo anterior, conlleva a concluir que si bien parecía que los atenienses lograron crear una estructura donde había un interacción balanceada entre lo público y lo privado, controlando así la tensión entre la insociable sociabilidad del hombre. Lo cierto es que lo público tiene un mayor peso sobre lo privado, por ende el bien colectivo está por encima del individual. 

El Dialogo de Melos.

La primera parte de esta breve reflexión, se hizo referencia a una visión de la vida ateniense entre sus conciudadanos, pues Pericles se está dirigiendo a sus pares, los cuales disfrutan de una igualdad de condiciones ante la Ley, es pues una relación horizontal. Sin embargo, en el dialogo que se produce entre los atenienses y los habitantes de la Isla de Melos, se trata de una discusión entre desiguales, donde una parte tiene mayor fuerza que la otra y en este punto no se aplican  las mismas reglas que para los atenienses. Lo anterior lo convierte en una relación vertical.

Esta nueva visión de Atenas, se evidencia como un imperio que quiere mantenerse  y para eso debe hacer uso de la fuerza. En este sentido, se puede apuntar lo siguiente:

Como el de todo ser vivo, el fin del imperio es conservarse.  Carece de la más mínima vocación de sacrificio y repudia cualquier instrumento o acción susceptible de dañarle. Del conjunto de medios con los que proveer a su seguridad el imperio, por serlo, se servirá naturalmente de uno: su propia fuerza[4].

Así pues los atenienses van a la Isla de Melos a proponerles una alianza, sin embargo está propuesta es más una imposición, pues los Melios aspiraban a la neutralidad y en ese sentido, es claro que para los atenienses esto no es posible. La diatriba de los Melios se ubica en sacrificar su libertad en aras de su seguridad, pues antes de someterse a la voluntad de los atenienses eran un pueblo libre, sin embargo ante la fuerza de estos, sus opciones se reducen drásticamente.

Además la idea de “lo justo” en esta situación de guerra, debe ceder frente a las ideas de utilidad y necesidad del Estado. Atenas necesitaba la alianza con la Isla de Melos, para conservar su poderío, en este sentido, hay un sometimiento bajo amenaza a los Melios, pues le expresan:

Os es ciertamente provechoso, porque más vale que seáis súbditos que sufrir todos los males y daños que os pueden venir a causa de la guerra; y nuestro provecho cosiste en que nos conviene más mandaros y teneros por súbditos que mataros y destruiros[5].

Otra frase que demuestra la naturaleza de las hostilidades en este punto, es cuando los Melios les proponen a los atenienses su amistad y estos  responden que le temen más a su amistad que a su odio, porque sería una señal de debilidad y ese ejemplo sería peligroso frente a sus otros enemigos.

Finalmente, se debe señalar que el análisis de estos dos textos, permite conocer una doble actuación de Atenas: Por un lado el manejo de la insociable sociabilidad entre iguales (relaciones horizontales) y su manejo entre desiguales (relación de verticalidad).

De igual forma se puede observar dos puntos de vista: El de Pericles, que             retracta la grandeza de Atenas, como una ciudad y un estilo de vida por el cual vale la pena morir y el de los Melios, que se enfrenta a un imperio que trata de conservar su poder y supremacía, por ello debe elegir entre su seguridad y su libertad.








[1] KANT, I. (1785/1990). Antropología Práctica (según el manuscrito inédito de C.C. Mrongovius, fechado en 1785). Madrid. (T. R. Rodríguez). Editorial tecnos. Versión Digital. Página 192
[2] TUCIDIDES. (423 a.C./2007).GUERRA DEL PELOPONESO.  (Traducción Diego Gracián). Versión Digital. Página 192
[3] TUCIDIDES Op. Cit. 194
[4] HERMOSA ANDÚJAR, A. El diálogo de Melos o la conservación del Imperio. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades [en línea] 2004, 5 (primer semestre) : [Fecha de consulta: 05 de febrero de 2016] Disponible en:<http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=28211505> ISSN 1575-6823
[5] Tucídides Op. Cit. 518

domingo, 11 de mayo de 2014

Mi primo Darwin

Tengo mala memoria, gracias a dios. He olvidado sistemáticamente caras, momentos, frases, sonrisas y olores. Pese a esto, recuerdo con absoluta claridad, una noche de mi niñez. Estaba en San Sebastian de los Reyes, viendo las estrellas, acostada en el capo del carro de uno de mis tíos, con mi primo Darwin y me dijo dos cosas que he dado por ciertas desde entonces: La primera fue que es demasiada prepotencia de los seres humanos creerse los únicos en el universo y la segunda que sí había un “más allá” el me avisaría desde el otro lado.

En esa época teníamos conversaciones profundas y el me deslumbraba, porque lo sabía todo. Con cinco años más que yo, era mi primo favorito, cuestión bastante meritoria porque tengo muchos y muy buenos primos. El podía armar y desarmar una computadora, reparaba cualquier cosa y no mataba ni a las hormigas. Aprendió un intento de inglés escuchando las canciones de Michael Jackson, a quien le tributaba un amor exagerado.

Dicen que Gabriela, se le parece en los ojos y en el tono de piel, pero Darwin era más oscuro, de mirada benévola y mucho más tierno.

No fui a la única con la que tuvo reflexiones inexplicables, aseguraba que no iba a llegar a viejo, que había que morir ahogado porque la muerte era una sola vez y había que disfrutarla, que su mamá nunca tendría nietos de él y cosas por el estilo. Sus comentarios siempre fueron tomados a chistes, porque tenía la capacidad de mofarse de lo sagrado y lo divino sin ofender a nadie.

Lo cierto es que algún ángel debió haber dicho amén a las loqueras de mi primo. A los diecinueve años se ahogó, en la represa de Camatagua, un día de las madres.

Tuvo la decencia de visitar a cada miembro de la familia antes de morir, conmigo fue al cine, vimos “Stuart Little”, no teníamos mucho dinero sólo alcanzó para las entradas y un cocosette. Empezó la película y comenzó el concierto de paquetes que se abrían y Darwin hizo más ruido que los demás con nuestro cocosette, <<para que no sepan que sólo tenemos este>>, me dijo y yo reí y fui feliz, porque con él la felicidad era un asunto muy simple.

La electricidad se fue a mitad de película, yo quería salir corriendo del cine, pero me dijo que no, que precisamente la gente que hacia eso era la que causaba mayores accidentes, así pues salimos con calma y disfrutamos del paseo. He envejecido, porque puedo decir que era otra época. Caminamos por El Valle, de noche y sin luz y llegamos vivos a casa, hoy en día eso es estadísticamente improbable.

No tengo dudas de que se estaba despidiendo. Antes de irse escribió en uno de mis cuadernos del liceo “Recuerdo de tu primo Darwin” y pintó mi nombre con múltiples colores ¿Es qué eso puede tener otro significado?

Mis palabras con respecto a mi primo, no están dulcificadas por su muerte, no se trata del juego burdo de maximizar las virtudes de los que dejaron esta existencia terrenal. Precisamente creo que la brevedad de su paso por nuestras vidas, es testimonio de su excepcionalidad. Era demasiado bueno para durar.

Con los años, con los lutos mezclados y la constante tendencia a perder aquello que amo, creo que deje un poco relegado a mi primo. No es que no me doliera, pero estaba anestesiada después de tantos golpes, murió solo dos meses después que mi papá.

Mi tía Mary, no superó la perdida de Darwin,  le sobrevivió poco,  Cáncer de seno. A veces se tienen malas rachas en la vida.

Como lo único que se puede hacer es seguir adelante, con el dolor, con los traumas, con las lágrimas, se continúa, se olvida un poco y se reajusta la vida a los cambios, a las nuevas soledades y eventualmente llega la resignación, para mantener la cordura. Y yo crecí y estudié y viví y Darwin no. Cosas que pasan.


Así pues en mis múltiples cambios de trabajo, llegue a un invento de Ministerio y en los reinos de la burocracia y la mediocridad, conocí a Karim y descubrimos que teníamos mucho en común y nos topamos con cierta conexión extraña entre nosotras. Karim es una persona espiritual, estudia cosas increíbles, medita, se limpia los chacras y hace cursos que no terminan jamás.

Cuando pienso en Karim ella me escribe, me responde preguntas que todavía no le he formulado. Soy una especie de receptora de sus pensamientos, a veces tengo antojo de comer cosas que ni siquiera me gustan por su culpa y aunque ya no trabajamos juntas, seguimos teniendo coincidencias demasiado perfecta para poderse tildar de casualidades. Simplemente hemos tomado esto como algo para reír, porque de nada sirven “mis poderes telepáticos” si solo funcionan con Karim.

Hace poco, tuvo un sueño particular, soñó con un joven entre 18 y 20 años, moreno pero no negrito, que le enseñaba una laguna, un río o algo por el estilo, ella le decía que no entendía que quería, pero el muchacho le dijo que yo si entendería, le pidió que me dijera que ya no está solo y abrazó a un mujer de cabello corto, me mando a decir que estaba bien y sonreía calmado y feliz, en paz.

Aurymar Ibarra Meléndez