¡Querido señor del mal!
Mi mano ha decidido conjurar a las musas de la muerte,
Sólo para coquetear con lo prohibido.
En algún momento tu rostro se hizo familiar en mis rutinas
Y juré por mí dioses paganos,
no permitir que tus huellas quedarán en mi sendero
Determinación de cristal.
Vacilante me dejé caer
Rodé
Sabía que esos bailes mudos bajo los sortilegios nocturnos, eran pecado.
No me detuvieron, sin embargo,
Las clases de catecismo
Ni las ideas vagas y abstractas de los insatisfechos moralistas.
Sólo el miedo a que este polvo
que me machaca los cimientos mismos del pecho hasta enajenarme de mi ser
No fuese más que un espejismo
Vulgar, repetido e intrascendente
La misma puesta en escena de una obra inmortal
Cuyo protagonista es sólo el afán de poseer para luego desechar
-manía de macho vaciarse para luego suplir la necesidad en nuevas formas-
¡Oh señor del mal! ¡Qué contradicción entonces la mía!
Yo que morí tantas veces contigo y ahora me toca reinventarme sin ti
Es por eso que te creé un altar atemporal en mi memoria
y allí sigo contigo en aquella despedida
donde te entregue las últimas de mis primeras veces
y no sé si te mereces un funeral con tantos honores
sólo sé que ese lugar es y será ineludiblemente tuyo.
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