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martes, 5 de junio de 2018

Victor


Hace años que no escribo. El mismo tiempo que tiene Víctor de muerto.  Es una casualidad. El destino nunca quiso que coincidiéramos en ganas y esfuerzos. O quizás fue él o quizás fui yo.  En todo caso, su muerte me impactó más de lo que hubiese imagino.
Todavía no sé de qué murió, habíamos cesado todo contacto cuando leí su obituario. Llamé a su mujer, pero ella, que se proclamaba ganadora de una lucha que yo me sabía ignorante, me trató como la amante que no fui. Dijo que sabía perfectamente la naturaleza de mi relación con Víctor, sinceramente me habría gustado que me la explicara.
Esta noche sin embargo, me siento irreverente. Las ganas locas de creer que aún es posible ser yo, me incitan. Estoy aquí, sin mucho que decir, pero con el ímpetu de aquellos que deciden sobreponerse a las circunstancias. Así pues escribo de Víctor porque no lo he olvidado.
No fue una historia de amor, no fue una historia erótica, no fue una historia de amistad y tampoco se trataron de negocios. Simples conatos en cada una de estas áreas. Besos abortados en medio del tráfico, casos millonarios que nunca logramos resolver, tragos cómplices en algún bar tranquilo o el desfile de almuerzos que luego él vomitaba, con mucha decencia, en el baño más cercano.
No sé si era bulímico, en el sentido estricto del término  y soy muy meticulosa con la semántica para atreverme a afirmarlo. Sé que se  había sometido a una de esas operaciones que te convierten el estómago en la quinta parte de su tamaño real y seguía comiendo como antes. El resultado, ya lo describí arriba.
Cuando me comentó de la existencia de quien terminó siendo su pareja oficial, uso la palabra lástima. Lo odié por eso. Decía que ella quería ser otra cosa más que su amiga, sin embargo no le atraía lo suficiente. Tengo dos teorías: Mentía al respecto y era feliz con su feíta. Decía la verdad y la feíta insistió tanto que se ganó su corazón. Sin importar como haya sido, ella  terminó proclamando  la supremacía de su derecho sobre el cadáver de Víctor.
Víctor era un obeso reconstruido, con tendencias a tomar como un cosaco y una visión muy laxa de sus defectos, con  padres divorciados que vivían muy lejos de él, con un hijo que tuvo en una aventura lejana y al cual no veía. Su historia amorosa se resumía a ensuciar las sábanas con desconocidas, a  un concubinato fracasado después de trece años de unión y a la feíta con la que terminaría sus días.
No fui especial con él, no fui el sol del que me disfrazo cuando ando por allí haciendo favores a desconocidos, por la mera compulsión de creer que así neutralizo el mal que causo. Fui la peor versión de mí, la egoísta, la caprichosa, la maleducada, la que simplemente se para y se va cuando se fastidia (o en su versión 2.0 bloquea la conversación cuando se cansa).
Nunca lo he llorado y tampoco creo que nuestra relación dé para lágrimas. Mi problema no es que me duela que  haya muerto. Es cierta sensación que hay vidas que se desperdician sin ningún sentido real. Que son personas que viven miserablemente, que no son felices y un buen día simplemente se mueren y ya. Como una película europea de cine independiente, cuyo final no se entiende.
Debo decir, con cierta vergüenza que he estalkeado a la feíta, salió embarazada y por las cuentas no es de Víctor. Eso me entristeció, ni siquiera ella le guardó el luto suficiente.  El pobre me parece el colmo de las soledades: Su vida y su muerte pasaron  desapercibidas por este mundo.
¿Y si acaso mi vida es así de gris y no lo he notado? Parafraseando a Fito, me muevo por siniestros ministerios, haciendo la parodia de abogado.  Eso es todo. Ni siquiera trabajo para el lado de los buenos y es cada día más difícil fingir que no me importa.
Hoy le dedico estas palabras a Víctor, es más se las escribo a él directamente.  Aunque estoy fielmente convencida que en el sueño de la muerte no hay conciencia de nada, quiero volver a escribir con su recuerdo. Que su existencia impacte al menos una vida,  la mía y que se redima en letras todo lo que no fui capaz de darle cuando tuve la oportunidad.
Víctor, ahora que he aprendido a amarme más a mí, para amar a los demás desde lo que son y no desde lo que quiero que sean, lamento que no estés para ver el cambio. Víctor si existen segundas oportunidades, donde tengamos conciencia de quienes fuimos, te pediré disculpas por no haber sabido ser tu amiga. Víctor  trataré mejor a tu recuerdo de lo que te traté a ti y procuraré recordar siempre las sonrisas compartidas. No me despido porque seguiré viéndote en cada persona que se te parezca, que hablé, huela o ría como tú.

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