El
primer abordaje que se realizó para la cátedra versó sobre el libro de las
Guerras del Peloponeso de Tucídides, específicamente el Discurso Funerario de
Pericles y al Discurso de los Melios, de forma tal que se logró conocer una
doble actuación de Atenas en el manejo de la insociable sociabilidad entre
iguales (relaciones horizontales) y su manejo entre desiguales (relación de
verticalidad). De igual forma se pudo observar dos puntos de vista con respecto
a la misma Polis, uno que retracta la
grandeza de Atenas, como una ciudad y un estilo de vida por el cual vale la
pena morir y el de los Melios, que la ven como un imperio que trata de
conservar su poder y que los obliga a elegir entre su seguridad y su libertad.
Ahora,
en este segundo ensayo se abordarán los argumentos de Marsilio de Padua en su
libro el Defensor de la Paz. Dicha aproximación se realiza siempre bajo la
óptica de la insociable sociabilidad explicada por Kant[1], en
su antropología práctica y que de acuerdo con los lineamientos dictados por la
cátedra, es el hilo conductor para analizar a los autores bajo estudio.
En
principio, pareciera que se trata de dos puntos de vista irreconciliables, el
primero es referido a las Guerras del Peloponeso, mientras que Marsilio de
Padua titula su obra el defensor de la
paz, sin embargo no significa que este
autor escriba en un contexto histórico idílico, por el contrario, la época que
le toca vivir está marcada por el conflicto entre el poder temporal y el
espiritual. Por ello es una preocupación muy latente en el autor definir que le
corresponde resolver a la iglesia y que al imperio.
En
tal sentido, se puede observar también en Dante, otro de los autores estudiados
en la materia, esta preocupación, quien se decanta por una separación total de
la Iglesia y el Estado[2].
Dentro
de la obra de Marsilio de Padua se verifica una visión que pretende integrar
los dos órdenes, el civil y el eclesiástico. Su intención no es suprimir una
instancia ni independizarla, sino lograr que funcionen de forma armonizada[3].
El
pensamiento de Marsilio de Padua, encuentra asidero teórico es en Aristóteles,
por ello resulta un artificial crear una semejanza a ultranza con Tucídides. De
hecho para Bobbio[4] no existe en el medievo
etapas realmente importante para el desarrollo de las teorías de gobierno.
Dicho autor explica que esto es consecuencia del descubrimiento tardío de los
textos de la antigüedad, los cuales se convierten en una referencia obligada
para los estudiosos de la época e incluso es categórica al afirmar que Marsilio
de Padua en cuanto a la clasificación de las constituciones prácticamente se
limita a traducir a Aristóteles.
Luís
Martínez Gómez[5], en el estudio preliminar
de la obra el Defensor de la Paz, también expresa que Marsilio se apoya en
Aristóteles, haciendo la explicación que dicha alusión al filósofo antiguo era
obligada en ese tiempo.
Con
respecto a los planteamientos específicos de Marsilio de Padua, es necesario mencionar
su objetivo de explicar las causas que destruyen la paz y sentar las bases para
atacar tal situación. Otro punto a
destacar que es el que libro se tituló de tal manera porque está dedicado al
emperador, al que le corresponde la misión de defender la paz. Esto es
importante porque la paz viene a ser una tarea del poder temporal y no de la
iglesia.
“Este tratado se llamará El defensor de
la paz, porque en él se tratan y se explican las principales causas por las que
existe y se conserva la paz civil o tranquilidad (civilis pax sive
tranquillitas), y también las causas por la cuales surge, se impide y se
suprime su contrario, la contienda”[6].
Desarrollando
un poco el contexto histórico sobre el cual versa la obra de Marsilio de Padua,
explica Bayona Aznar[7] que los
papas decían intervenir para establecer la paz entre los contendientes y los
emperadores, por el contrario, eran una especie de paladines de la paz, en
contra de las decisiones del mismo papa. Para la época en que escribe Marsilio,
el papa Juan XXII no reconoce a Luis de
Baviera como
emperador, quien a su vez califica al papa
como enemigo de la paz, por lo cual convoca al concilio general.
Marsilio
de Padua comienza su obra enumerando las ventajas de la tranquilidad y lamenta
que está no esté presente en el reino itálico. Explica que los frutos de la
tranquilidad constituyen lo mejor para el hombre, es decir lo necesario para su
vida y que nadie los puede conseguir sin paz ni tranquilidad.
Cabe
destacar también que Marsilio
de Padua recurre a la concepción aristotélica
de las civitas como organismo o animal, por eso la salud "es la disposición buena del animal, en la cual cada uno de sus
miembros puede ejercitar perfectamente las acciones de su naturaleza”[8]. Dicha analogía se mantiene en consecuencia para
definir la tranquilidad de la ciudad o reino, en la cual cada una de sus partes
puede realizar perfectamente las operaciones convenientes a su naturaleza según la razón y su constitución.
Además
de lo anterior se puede observar que la tranquilidad depende también de que las
partes dentro de la sociedad ejerzan las funciones que les son propias y no
pretendan ejercer otras que no les corresponden. Esta explicación ya delimita el papel
del poder temporal y del espiritual, pues basta con definir sus atribuciones y
que se limiten a las mismas, para que pueda existir tranquilidad y a su vez se
gocen de sus frutos.
De
este modo la paz es el resultado de la “buena ordenación” como la salud del organismo
es producto del buen funcionamiento de sus órganos y miembros, así como la
enfermedad, es el mal funcionamiento y
puede llevar a la muerte en el caso del animal y a la destrucción de la
comunidad en el caso de la ciudad o reino.
La
paz de la que habla Marsilio
de Padua no es tanto la ausencia de ataques
externos, sino el orden social interno. Porque tranquillitas e intranquillitas
no son la paz y la guerra en el sentido de unos pueblos contra otros. El
conflicto tranquillitas/intranquillitas que Marsilio de Padua considera y pretende resolver remite al orden o
desorden, según haya o falte la buena disposición interna, es decir, la
institución racional de sus partes y el establecimiento de las instituciones
políticas y del gobierno desde dentro. El desorden es interior y la guerra,
exterior. Estas líneas no permiten trazar un paralelismo con el contenido del
discurso funerario de Pericles, el cual se refiere a una sociedad en
tranquilidad, por cuanto cada quien actúa dentro de su ámbito de
competencia y parece haber un balance entre lo público y lo privado, con un
mayor peso de lo primero sobre lo segundo. El tema de la guerra es abordado en
el discurso de los Melios, pero no es a este tipo de conflicto que se refiere
el autor, sino a los internos.
Así las cosas, usando la terminología
kantiana la tranquilidad parece ser un estado en el cual se ha logrado
controlar la tensión que resulta de la insociable sociabilidad del hombre, por
medio de la asignación de un rol a cada parte de la sociedad, la cual tiene que
actuar dentro del mismo, sin usurpar funciones.
Precisamente esa usurpación por parte de la iglesia es la trae las
consecuencia de la intranquilidad que le toca vivir a Italia.
Ahora bien, siendo que la tranquilidad
definida en los términos de Marsilio de Padua, haciendo un ejercicio de
abstracción, puede evidenciarse en la vida que tenían los atenienses de acuerdo
al discurso funerario de Pericles.
Entre Tucídides y Marsilio pareciera
haber dos visiones divergentes con respecto a la apreciación de la política. Para
explicar lo anterior, se debe considerar
lo expresado por García Pelayo en su libro la “Idea de la Política”, pues este
autor explica que sobre la misma siempre han existido dos visiones, una que se
centra en la paz y otra en la guerra, en tal sentido expone:
Una mirada a la
realidad política circundante nos revela inmediatamente su carácter
ambivalente. En efecto, tal mirada nos muestra, de un lado, que la política se
despliega en la tensión, el conflicto y la lucha, sea entre conjuntos o
constelaciones de Estados, sea entre estados particulares, sea, dentro de
éstos, entre partidos, camarillas, intereses e ideologías; la política se nos
muestra desde esta perspectiva como una pugna entre fuerzas o grupos de
fuerzas, y, por tanto, dominada por el dinamismo. De otro lado, que tal lucha
normalmente se justifica por su referencia a una idea o un sistema axiológicos,
y que en medio de ella late el intento de encontrar un orden cierto de
convivencia bajo cuya forma se desarrolle el fluir de los actos en los que
transcurre la vida política[9].
Continuando con tal autor, el mismo
clasifica a Tucídides, a los sofistas y a Polibio como partidarios de la
doctrina de que la política gira en torno al poder, a la lucha y a la voluntad.
Mientras que explica que Sócrates, Platón, Aristóteles y Cicerón sostienen la
tesis contrario. Con respecto a la edad media, etapa estudiada en la cátedra,
explica que San Agustín se pregunta “¿Qué son los reinos cuando de ellos está
ausente la justicia, sino magna latrocinia?”, concibe el orden político como un
régimen de paz y de justicia, entendiendo que no puede haber verdadera paz, es
decir, concordia, si no está asentada sobre la justicia, que se convierte así
en fundamento de los reinos. Agrega además que con Santo Tomás y con Dante la
concepción de la política gira en torno a la paz y a la justicia.
Con respecto a Marsilio de Padua, García
Pelayo considera que la visión de este gira en torno al poder (en consecuencia
en este punto sería semejante a Tucídides), pues expresa lo siguiente:
En cambio, el
aristotelismo de izquierda de Marsilio de Padua mantiene el primado de la
voluntad con lo cual la política comienza a separarse de la ética, y el orden
social pasa a ser concebido como una consecuencia del poder que impone las
leyes, con independencia de que estas se adecuen o no a la justicia, de modo
que la unidad del Estado (regnum) es ante todo un resultado de la unidad de
poder.
No obstante lo anterior, en este punto
se difiere de lo señalado por García Pelayo, pues si bien hay en Marsilio de
Padua una referencia al poder, el mismo resulta un medio para la obtención de
un fin mayor que es la tranquilidad y la paz. Por ello se es de la opinión que Tucídides
y Marsilio de Padua, son autores que tienen dos visiones distintas de la
política, el primero se centra en la guerra, mientras que Marsilio pone como
norte de la actuación del emperador el mantenimiento de la paz, por ello se
debe erigir como un defensor de la misma.
[1] KANT, I.
(1785/1990). Antropología Práctica
(según el manuscrito inédito de C.C. Mrongovius, fechado en 1785). Madrid. (T.
R. Rodríguez). Editorial tecnos. Versión Digital.
[2] ALIGHIERI, D. Monarquía.
Estudio preliminar y notas de Laurenao Robles Carcedo y Luis Frayle Delgado
(1992) Editorial tecnos. Versión Digital
[3] De Padua, M. El Defensor de la paz, traducción de Luis Martínez (1989),
Editorial Tecnos. Versión Digital
[4] Bobbio, N. La teoría de las Formas de Gobierno en la Historia del Pensamiento
Político. Traducción de Fernández Santillán. Segunda Edición. FCE, 2001
[5] De Padua, M. op. Cit.
[6] De Padua, M. op. Cit.
[7] Bayona
Aznar, B. La Paz en la obra de Marsilio de Padua. Contraste Revista Internacional
de Filosofía, [en línea] 2006, XI: [Fecha de consulta: 24 de marzo de 2016]
Disponible en:<http://www.uma.es/contrastes/pdf/011/03Bayona_Aznar.pdf>
ISSN 1136-4076
[9]García Pelayo, M
(1968). La Idea de la Política [en
línea] [Fecha de consulta: 24 de marzo
de 2016] Disponible en:<
http://tubibliotecadecienciapoliticaenpdf.blogspot.com/2014/10/manuel-garcia-pelayo-idea-de-la.html>