Tengo mala
memoria, gracias a dios. He olvidado sistemáticamente caras, momentos, frases,
sonrisas y olores. Pese a esto, recuerdo con absoluta claridad, una noche de mi
niñez. Estaba en San Sebastian de los Reyes, viendo las estrellas, acostada en
el capo del carro de uno de mis tíos, con mi primo Darwin y me dijo dos cosas
que he dado por ciertas desde entonces: La primera fue que es demasiada
prepotencia de los seres humanos creerse los únicos en el universo y la segunda
que sí había un “más allá” el me avisaría desde el otro lado.
En esa época teníamos
conversaciones profundas y el me deslumbraba, porque lo sabía todo. Con cinco
años más que yo, era mi primo favorito, cuestión bastante meritoria porque
tengo muchos y muy buenos primos. El podía armar y desarmar una computadora,
reparaba cualquier cosa y no mataba ni a las hormigas. Aprendió un intento de inglés
escuchando las canciones de Michael Jackson, a quien le tributaba un amor
exagerado.
Dicen que
Gabriela, se le parece en los ojos y en el tono de piel, pero Darwin era más
oscuro, de mirada benévola y mucho más tierno.
No fui a la única
con la que tuvo reflexiones inexplicables, aseguraba que no iba a llegar a
viejo, que había que morir ahogado porque la muerte era una sola vez y había
que disfrutarla, que su mamá nunca tendría nietos de él y cosas por el estilo.
Sus comentarios siempre fueron tomados a chistes, porque tenía la capacidad de
mofarse de lo sagrado y lo divino sin ofender a nadie.
Lo cierto es que algún
ángel debió haber dicho amén a las loqueras de mi primo. A los diecinueve años
se ahogó, en la represa de Camatagua, un día de las madres.
Tuvo la decencia
de visitar a cada miembro de la familia antes de morir, conmigo fue al cine,
vimos “Stuart Little”, no teníamos mucho dinero sólo alcanzó para las entradas
y un cocosette. Empezó la película y comenzó el concierto de paquetes que se abrían
y Darwin hizo más ruido que los demás con nuestro cocosette, <<para
que no sepan que sólo tenemos este>>, me dijo y yo reí y fui feliz, porque
con él la felicidad era un asunto muy simple.
La electricidad se
fue a mitad de película, yo quería salir corriendo del cine, pero me dijo que
no, que precisamente la gente que hacia eso era la que causaba mayores
accidentes, así pues salimos con calma y disfrutamos del paseo. He envejecido,
porque puedo decir que era otra época. Caminamos por El Valle, de noche y sin
luz y llegamos vivos a casa, hoy en día eso es estadísticamente improbable.
No tengo dudas de
que se estaba despidiendo. Antes de irse escribió en uno de mis cuadernos del
liceo “Recuerdo de tu primo Darwin” y pintó mi nombre con múltiples colores ¿Es
qué eso puede tener otro significado?
Mis palabras con
respecto a mi primo, no están dulcificadas por su muerte, no se trata del juego
burdo de maximizar las virtudes de los que dejaron esta existencia terrenal.
Precisamente creo que la brevedad de su paso por nuestras vidas, es testimonio
de su excepcionalidad. Era demasiado bueno para durar.
Con los años, con
los lutos mezclados y la constante tendencia a perder aquello que amo, creo que
deje un poco relegado a mi primo. No es que no me doliera, pero estaba
anestesiada después de tantos golpes, murió solo dos meses después que mi papá.
Mi tía Mary, no
superó la perdida de Darwin, le
sobrevivió poco, Cáncer de seno. A veces
se tienen malas rachas en la vida.
Como lo único que
se puede hacer es seguir adelante, con el dolor, con los traumas, con las
lágrimas, se continúa, se olvida un poco y se reajusta la vida a los cambios, a
las nuevas soledades y eventualmente llega la resignación, para mantener la
cordura. Y yo crecí y estudié y viví y Darwin no. Cosas que pasan.
Así pues en mis
múltiples cambios de trabajo, llegue a un invento de Ministerio y en los reinos
de la burocracia y la mediocridad, conocí a Karim y descubrimos que teníamos
mucho en común y nos topamos con cierta conexión extraña entre nosotras. Karim
es una persona espiritual, estudia cosas increíbles, medita, se limpia los
chacras y hace cursos que no terminan jamás.
Cuando pienso en
Karim ella me escribe, me responde preguntas que todavía no le he formulado.
Soy una especie de receptora de sus pensamientos, a veces tengo antojo de comer
cosas que ni siquiera me gustan por su culpa y aunque ya no trabajamos juntas,
seguimos teniendo coincidencias demasiado perfecta para poderse tildar de
casualidades. Simplemente hemos tomado esto como algo para reír, porque de nada
sirven “mis poderes telepáticos” si solo funcionan con Karim.
Hace poco, tuvo un
sueño particular, soñó con un joven entre 18 y 20 años, moreno pero no negrito,
que le enseñaba una laguna, un río o algo por el estilo, ella le decía que no
entendía que quería, pero el muchacho le dijo que yo si entendería, le pidió
que me dijera que ya no está solo y abrazó a un mujer de cabello corto, me
mando a decir que estaba bien y sonreía calmado y feliz, en paz.
Aurymar Ibarra
Meléndez
